Cinco lamentables conclusiones luego del Superclásico Boca-River

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Octavos de Final de Copa Libertadores y el Superclásico argentino parecía ser un panorama imperdible. Lo comencé a ver, pero ante el festival de pelotazos, pases al contrario y mal juego, opté por pasarme al partido de La Calera con Arica. Una vez que terminó en Quillota volví a poner Fox y no entendía nada, sólo que el partido estaba demorado por incidentes. Con el correr de la transmisión entendí que había pasado, lo que no entendí era que diablos se esperaba para suspender el partido. Era insólito que alguien pensara por un momento que se podía seguir jugando, pero el nivel de locura que impera en la dictadura de las barras en Argentina daba para eso.

Lo que nos deja el triste espectáculo de anoche, se puede resumir en las siguientes ideas:

1.- La calidad del fútbol dejó de ser tema relevante en el fútbol argentino hace bastante tiempo. Muy pocos ven fútbol argentino por el juego que se aprecia en las canchas, lo único relevante hace bastante tiempo es el ambiente que rodea los partidos, el folclore, las barras y todo eso que a algunos les encanta y a mi personalmente me produce ganas de vomitar.

2.- La actitud de los jugadores de Boca y de su técnico el Vasco Arruabarrena da para un análisis aparte. Hace mucho tiempo escuchamos que lo más sano e inocente del fútbol son los jugadores. Esta expresión que desde ya vemos relativizada todas las semanas por las simulaciones, codazos maleteros, y múltiples deslealtades dentro y fuera de la cancha ayer adquirieron nueva dimensión en el estadio Xeneise. El DT de Boca encaró a Gallardo diciéndole algo así como: “Haz los cambio y juguemos”. Los demás jugadores estuvieron casi una hora en el terreno, riendo, hablando y mirando el espectáculo; algunos incluso calentaban, ninguno se acercó a ver a sus colegas o se interesó en saber qué ocurría. Al final, y creo que para salvar las apariencias, Orión y Osvaldo se acercaron a la banca de River y vieron las quemaduras que tenían sus colegas. La culminación de la vergonzosa noche fue ver que mientras los jugadores de River abandonaban la cancha, con el partido ya suspendido, los de Boca se pararon en posición de jugar. Para terminar el bochorno, aplaudieron a la barra al salir.

3.- Lo anteriormente relatado sólo puede explicarse por el secuestro del club y de sus jugadores por la poderosa barra brava de Boca Junior, la temida 12. Sólo Juan Román Riquelme tuvo la suficiente fuerza para no inclinarse ante ellos. Ni la policía, ni los jugadores ni los dirigentes y la mayoría de los periodistas va de frente contra una mafia que se ramifica hasta el propio gobierno.

4.- Ante un club de la trascendencia mediática, social y política como Boca Junior  hasta la CSF duda ante lo evidente. Recordamos claramente el caso de Cobreloa-Olimpia, que ante una situación grave, pero mucho menos menor en Calama, el partido se suspendió en el acto y el castigo al club loíno fue severo. Ayer, ni el árbitro, ni el veedor, ni la policía ni nadie quería cargar con el peso de suspender un Superclásico y hacer lo que se debía hacer.

5.- La corte de admiradores de esa plaga llamadas barras bravas, seguramente celebra esta clase de “folclore”; es el “sabor” del fútbol sudamericano. Para mi, no son ni necesarias, ni deseables ni imprescindibles, son el peor subproducto del fútbol y su contagio está en Chile y con bastantes posibilidades de tener drones volando sobre las canchas y gas en los túneles. Creo que es sólo cuestión de tiempo que lo de anoche ocurra en otras partes, el efecto imitación que dio origen a estas lacras va a llegar de forma inevitable a este lado de la cordillera.

¿Qué pasará en el futuro? Nada bueno. La escalada de horrores en el fútbol sudamericano va en aumento y cada vez hay más razones para dudar de que esto tenga arreglo, más aún cuando las justificaciones para esta clase de esperpentos llueven. La delincuencia si tiene explicaciones sociológicas, pero eso no la justifica y menos implica una mano blanda para hechos delictuales.

No está de más reiterar que el fenómeno de las barras bravas en Argentina no es un problema de delincuencia común, sino de auténticas mafias que mueven millones de dólares, son una industria de la extorsión, las drogas y se relacionan con los dirigentes de forma directa y con el poder político. Su estructura se replica acá, con menor constancia y virulencia, pero con ideas bastante semejantes.